domingo, 31 de enero de 2016

Día 2 - mañana

Aquella mañana me costó más de lo habitual levantarme. El despertador sonó a las ocho menos diez y yo me levanté a las ocho y cuarto. Me apresuré a dirigirme a la cocina para desayunar y encendí la televisión para no escuchar las relaciones matutinas que mi primo mantenía con Abril, a la que igual debería empezar a pedirle su parte del alquiler ya que parecía estar a todas horas en nuestro piso.

Mientras la leche giraba en el microondas, le subí el volumen a la televisión porque Abril había empezado a gritar, con tono apasionado: "¡oh, Hugo! ¡Hugo!". Empecé a pasar canales y me paré cuando una curiosa imagen me llamó la atención. Era una especie de búnker a la puerta del cual había un tipo con pinta de científico chiflado. Tenía el pelo blanco y a lo afro, unas gafas de culo de vaso y una bata blanca. La periodista, muy mona ella y con unas caderas muy estilizadas, le acercó el micrófono a la boca e hizo su pregunta.

— ¿Por qué cree que el fin se acerca, doctor Hernández? —¿en serio esperaban que me creyese que el fin se acercaba sólo porque lo dijese un tipo con aquellas pintas? Parecía una broma. Y no era el día de los Santos Inocentes.

— Las señales están claras, señorita —dijo el doctor Hernández con voz calmada —. Sólo que nosotros no supimos verlas. El Gobierno nos lo está ocultando todo pero, en breve, ni siquiera ellos podrán controlar lo que está por venir. ¿Sabe cuál es el problema de los seres humanos? Que somos demasiado ambiciosos y eso va a acabar por destruirnos. Nos destruirá por completo.

Acto seguido, la emisión se cortó. Unas rayas intermitentes en blanco y negro inundaron la pantalla. Cambié de canal pero la pantalla siguió igual. La antena debía de haberse estropeado de nuevo.

Hugo entró en la cocina con el pelo revuelto y cara de satisfecho. Miró la televisión y suspiró.

— ¿Otra vez? Nuestra televisión es una mierda.

— A lo mejor es porque se acaba el mundo —bromeé. Hugo ahogó una risa y acto seguido Abril entró en la cocina, abrió la nevera y bebió la leche a morro del tetra brik. Yo la miré con la nariz arrugada. No quería pensar en dónde había estado su boca en los últimos diez minutos pero en aquel momento estaba en el tetra brik de leche que también yo consumía. Miré a Hugo significativamente y él pasó de mí por completo. Le dio una palmada en el culo a Abril y esta le tendió el tetra brik que él consumió también a morro.

Suspiré y recogí mi taza de leche del microondas. Le eché Cola Cao y me lo bebí apresuradamente. Nunca hasta ese momento había llegado tarde a clase. Nunca. La impuntualidad me ponía de los nervios.

Caminé rápido hacia mi habitación y me vestí. Después de peinarme, salí de mi cuarto y Hugo ya estaba allí haciendo gala de su extraña súper velocidad. La mano de Abril reposaba sobre el bolsillo trasero de los vaqueros de Hugo mientras que la de él acariciaba el cuello de ella. Qué asco.

Caminé hacia la puerta principal y salí con ellos pisándome los talones. Lo primero que noté cuando salí a la calle fue que no había coches.

— ¿Dónde está el molesto tráfico de hora punta? —pregunté hacia los otros dos que ni siquiera se habían dado cuenta pues estaban ocupados haciéndose arrumacos —. ¿Queréis parar ya? —exclamé. Estaba especialmente irritable aquella mañana y no era por culpa de mi menstruación.

— ¿Pero qué te pasa, Cozy? —exclamó mi primo de vuelta —. Yo veo todo como siempre.

— Entonces deberías hacerle una visita al oculista —dije yo, enfadada. Me dirigí a la facultad de todas formas, tratando de ignorar mi malhumor. No había nadie en la calle. Normalmente, tenía que esquivar a todos los empresarios apresurados y egoístas pero aquel día no había nadie. Sólo nosotros tres atravesando las calles de la ciudad.

En un momento dado, escuché unos pasos apresurados detrás de nosotros y me giré, asustada. Se me habían pasado toda clase de hipótesis por la cabeza. Entre ellas que un león se había escapado del zoo y caminaba a sus anchas por la ciudad buscando comida fresca. O que un loco perturbado llamado Jack el Destripador II se había adueñado de la ciudad y andaba por ahí con un afilado cuchillo buscando a quién destripar. Por supuesto, no había considerado lo descabelladas que sonaban todas y cada una de estas hipótesis por lo que no pude evitar sentir un desmesurado alivio cuando vi a un chico cuya cara se me hacía familiar corriendo hacia nosotros.

Era un chico de mi clase, por eso me sonaba su cara. Si mal no recordaba, se llamaba Eliel.

— ¿También llegáis tarde? —preguntó con voz entrecortada cuando consiguió alcanzarnos. Hugo estaba ocupado con Abril así que yo asentí. Personalmente, no era una persona demasiado sociable. Me había hecho amiga de Daniela casi sin querer. Ella me había hablado de cosas frikis a las que yo no me había podido resistir y había dejado que entrase en mi mundo.

Eliel caminó el resto del trayecto con nosotros. Cuando llegamos a nuestra clase, tocamos a la puerta y nadie respondió. La abrimos lentamente sólo para comprobar que allí no había nadie.

Saqué mi móvil del bolsillo. Le enviaría un Whatsapp a Daniela para asegurarme de que hoy había clase. Mi móvil había muerto. Su pantalla en negro parecía estar riéndose de mí. Los demás se sacaron sus móviles del bolsillo. También sus móviles estaban muertos.

Abrí la boca para decir algo pero volví a cerrarla.

Ya no se me ocurría ninguna explicación lógica para todo lo que estaba pasando. Sólo que aquello fuera una gran broma pesada y era poco probable, tampoco es que me creyese el centro del mundo como para que toda la ciudad se pusiese de acuerdo para gastarme una broma.

No había ninguna explicación.

Ninguna.

Y eso era lo que más miedo me daba.

No aquella clase vacía.

Ni el infernal silencio que invadía el pasillo.

Sino el no saber qué estaba pasando. Ni qué estaría a punto de pasar.

jueves, 21 de enero de 2016

Día 1

Era el dieciséis de febrero del año dos mil veinte. A las once y diez pasadas, el profesor de fisiología humana decidió hacer su aparición en el aula tres de la facultad de enfermería. Siempre llegaba tarde. La mayoría de sus alumnos pensaban que aquel hombre estaba completa e irrevocablemente loco. Yo, a día de hoy, me pregunto si los locos no seríamos nosotros por no ver que, en realidad, aquel hombre era un maldito genio.

Entró en la clase con paso apresurado, como si algo o alguien le persiguiese. Cerró la puerta rápidamente y caminó hacia el centro de la clase. Llevaba su típica chaqueta de traje combinada con su ya habitual camiseta de Guns N' Roses. Aquellos pantalones de pana color caqui y sus zapatillas de deporte blancas que ya estaban demasiado gastadas. Empezó a caminar de un lado a otro de la clase, con expresión alterada, mientras nos relataba, con voz apasionada, los mecanismos de acción hormonal.

Lo cierto es que a mí, personalmente, este tema me resultaba bastante aburrido y tedioso por lo que ocupé mi atención en dibujar monstruos en mis folios en blanco. Fue entonces cuando el profesor empezó a desvariar, como hacía siempre que tenía oportunidad.

— ¡Y vosotros os lo creéis! —exclamó, obligándome a levantar la mirada del extraño ser que mi bolígrafo azul estaba creando —. ¡Pues claro que os lo creéis! ¡Nunca nadie os ha enseñado a pensar por vosotros mismos! Estáis acostumbrados a que todo el mundo piense por vosotros. Tú —su largo dedo índice me señaló —. ¿Cómo llegaste aquí?

Yo fruncí el ceño preguntándome de qué estaba hablando. Esperaba que no fuese una pregunta de nota. Además, ¿por qué me preguntaba precisamente a mí? Yo nunca respondía en clase. Básicamente, porque siempre tenía miedo de equivocarme. Así que, en aquella ocasión, abrí la boca pero no dije nada esperando que, en realidad, fuese una pregunta retórica que no necesitaba respuesta.

— ¿Esperas que responda yo? —negué levemente con la cabeza sin saber bien qué decir. Sentía la mirada de los demás alumnos fija en mí —. ¿Qué haces aquí si, por lo que veo, tienes alma de artista?

Se sintieron unas risas ahogadas por el fondo que fueron acalladas por la mirada envenenada del profesor. Al principio, pensé que también él se estaba riendo de mí y que el decir aquello en voz alta era una señal de que se enteraba de más de lo que parecía y de que abochornarme delante de otras sesenta personas era su forma de vengarse de mí por no prestarle atención pero después vi que me miraba muy fijamente, con mirada seria. Empecé a ponerme nerviosa pero, esta vez, hablé.

— Yo... quería estudiar Medicina y no conseguí...

— ¿Y por qué querías estudiar Medicina? ¿Por el dinero? ¿Es eso lo que quieres? ¿Dinero? Porque para eso podías ser prostituta —no supe si sentirme ofendida porque realmente estaba muy confundida. En el fondo, volvieron a escucharse risas.

— No, señor, no es por el dinero —dije, con más firmeza de la que sentía —. Simplemente, quería ayudar a los demás.

— ¿Y no pensaste en qué pasaría si ese no fuese el camino? Simplemente, alguien te dijo: "si quieres ayudar a los demás, deberías ser médica; además, podrías vivir bien haciendo lo que te gusta". Ese alguien debieron de ser tus padres, ¿verdad? Porque suelen ser los que nos marcan el camino.

Me quedé en silencio durante un rato pensando que lo que estaba diciendo tenía cierto sentido.

— Pero es el único camino que conocemos.

— ¡Porque no os preocupáis por buscar otro! ¿Qué pasa si ese camino es destruido?

— Encontraremos más caminos —respondí, de inmediato.

— ¿Y si ya es demasiado tarde para cambiar de camino? —su voz sonó tan estremecedora que un escalofrío me recorrió la columna vertebral de arriba abajo. ¿Seguíamos hablando de nuestra vida estudiantil? —. ¿Creéis que el hombre pisó la Luna, verdad? —agradecí que me dejase en paz pero me pregunté qué tendría que ver aquello con el tema anterior. Se escucharon algunos sonidos de afirmación e incluso alguien se atrevió a decir que había pruebas gráficas de ello —. Creéis todo lo que os dicen porque os educaron para ello. Os educaron para creer que el ser humano es la especie superior. Nosotros somos los reyes del universo, por eso podemos llegar a la Luna. ¿Pero qué pasa si hay algo mucho mayor que el ser humano ahí fuera? ¿Qué pasa si ese algo puede destruirnos con sólo una mirada?

— Señor, con todos los respectos, no creo que los extraterrestres existan —una chica de chillón pelo rojo tomó la palabra.

— No cree que existan porque todo el mundo le ha dicho que no existen. ¿Y si desde pequeña le dijesen que siempre estuvieron ahí? ¿Creería en ellos, entonces?

— No lo creo. Seguiría creyendo que no existen. Sólo creo en lo que veo, señor.

— Ah, entiendo. Necesita pruebas. ¿Y si hubiese pruebas pero usted no pudiese verlas? ¿Si esas pruebas le pasasen desapercibidas porque está demasiado ocupada mirándose a sí misma?



La chica pelirroja cerró la boca. Su pregunta quedó flotando en el aire hasta que él dirigió su mirada al reloj que había sobre el encerado y dio por concluida la clase.

— Nos veremos mañana —se despidió —. Si tienen suerte —yo me quedé mirando cómo se marchaba mientras la clase estallaba en sonoras carcajadas.

— Está totalmente loco —comentó Daniela, a mi lado. Hugo se rió.

— Creer en extraterrestres... —murmuró —. Sólo le falta predecir una Apocalipsis zombi o una invasión de cuervos, tipo película de Hitchcock.

— ¿Y si tiene razón? —susurré, casi sin querer. Daniela me miró escépticamente.

— ¿Estás de coña?

— Solamente digo que... no sabemos si hay algo más ahí fuera. Nos da miedo pensarlo porque, como él dijo, nos creemos lo más, ¿sabes? Y no podemos verles. Pero, ¿y si están ahí y ellos sí pueden vernos a nosotros? ¿Y si hay más vida inteligente a parte de la nuestra?

— A la mierda, yo me largo. Tanta locura me está poniendo enfermo —concluyó Hugo levantándose y caminando hacia la puerta. Yo puse los ojos en blanco y me apresuré a recoger mis cosas. Me despedí de Daniela y seguí a Hugo. Me posicioné a su lado y caminamos hacia nuestro piso en silencio.

— ¿Por qué la gente camina tan deprisa hoy? —pregunté, después de ser atropellada por un hombre que hablaba en gorgoteos a través de su iPhone.

— La gente siempre camina así, Cozy.

Dijo él, con calma.

— Es el mundo moderno.

Añadió.

miércoles, 20 de enero de 2016

Cozy

Todo empezó hace exactamente cuarenta días.

Yo, Cozy, sentía que estaba olvidando todo lo que había pasado. Sentía que me estaba convirtiendo en una de ellos. Así que necesitaba escribir todo lo que recordaba hasta el momento. Quizás eso ayudase a encontrar una solución algún día aunque, por alguna razón, creo que ya era demasiado tarde para la humanidad. Nos buscamos nuestra propia destrucción y, esta, al fin, llegó.

Miré a mi alrededor. El sótano en el que estaba encerrada era un lugar realmente tétrico. No había luz alguna, yo estaba escribiendo gracias a la pequeña llama que iluminaba mi cara. La llama de aquella vela que había encontrado en una de las cajas que había apiladas en una esquina. Cajas que se deshacían a causa de la humedad. Tenía tanta hambre que no era capaz de pensar tan lucidamente como me gustaría pero no podía comer entonces. Solamente tenía la comida que había en aquel pequeño baúl de madera y tenía que hacer que me durase lo máximo posible.

De todas formas, sospechaba que, eventualmente, iba a dejar de tener hambre de comida. Volví a sentir aquel escozor en la mano, allí donde él me mordió. Tuve que dejar el bolígrafo a un lado por un momento. Era como fuego que empezaba en aquellos dos agujeros que había en el dorso de mi mano y cuyas llamas se extendían por todas mis venas hasta llegar a mi corazón.

No tenía ni idea de cuánto tiempo podría aguantar pero no dejaría de escribir hasta el final. La humanidad necesitaba una última oportunidad aunque no se la mereciese.

Sentí sus pasos acelerados en el piso de arriba. Y los demás arrastrando los pies. A veces, me imaginaba que me encontraban y que sus manos, afiladas y sangrientas, atravesaban la puerta y trataban de agarrarme.



Como decía, todo empezó hace exactamente cuarenta días...