Mientras la leche giraba en el microondas, le subí el volumen a la televisión porque Abril había empezado a gritar, con tono apasionado: "¡oh, Hugo! ¡Hugo!". Empecé a pasar canales y me paré cuando una curiosa imagen me llamó la atención. Era una especie de búnker a la puerta del cual había un tipo con pinta de científico chiflado. Tenía el pelo blanco y a lo afro, unas gafas de culo de vaso y una bata blanca. La periodista, muy mona ella y con unas caderas muy estilizadas, le acercó el micrófono a la boca e hizo su pregunta.
— ¿Por qué cree que el fin se acerca, doctor Hernández? —¿en serio esperaban que me creyese que el fin se acercaba sólo porque lo dijese un tipo con aquellas pintas? Parecía una broma. Y no era el día de los Santos Inocentes.
— Las señales están claras, señorita —dijo el doctor Hernández con voz calmada —. Sólo que nosotros no supimos verlas. El Gobierno nos lo está ocultando todo pero, en breve, ni siquiera ellos podrán controlar lo que está por venir. ¿Sabe cuál es el problema de los seres humanos? Que somos demasiado ambiciosos y eso va a acabar por destruirnos. Nos destruirá por completo.
Acto seguido, la emisión se cortó. Unas rayas intermitentes en blanco y negro inundaron la pantalla. Cambié de canal pero la pantalla siguió igual. La antena debía de haberse estropeado de nuevo.
Hugo entró en la cocina con el pelo revuelto y cara de satisfecho. Miró la televisión y suspiró.
— ¿Otra vez? Nuestra televisión es una mierda.
— A lo mejor es porque se acaba el mundo —bromeé. Hugo ahogó una risa y acto seguido Abril entró en la cocina, abrió la nevera y bebió la leche a morro del tetra brik. Yo la miré con la nariz arrugada. No quería pensar en dónde había estado su boca en los últimos diez minutos pero en aquel momento estaba en el tetra brik de leche que también yo consumía. Miré a Hugo significativamente y él pasó de mí por completo. Le dio una palmada en el culo a Abril y esta le tendió el tetra brik que él consumió también a morro.
Suspiré y recogí mi taza de leche del microondas. Le eché Cola Cao y me lo bebí apresuradamente. Nunca hasta ese momento había llegado tarde a clase. Nunca. La impuntualidad me ponía de los nervios.
Caminé rápido hacia mi habitación y me vestí. Después de peinarme, salí de mi cuarto y Hugo ya estaba allí haciendo gala de su extraña súper velocidad. La mano de Abril reposaba sobre el bolsillo trasero de los vaqueros de Hugo mientras que la de él acariciaba el cuello de ella. Qué asco.
Caminé hacia la puerta principal y salí con ellos pisándome los talones. Lo primero que noté cuando salí a la calle fue que no había coches.
— ¿Dónde está el molesto tráfico de hora punta? —pregunté hacia los otros dos que ni siquiera se habían dado cuenta pues estaban ocupados haciéndose arrumacos —. ¿Queréis parar ya? —exclamé. Estaba especialmente irritable aquella mañana y no era por culpa de mi menstruación.
— ¿Pero qué te pasa, Cozy? —exclamó mi primo de vuelta —. Yo veo todo como siempre.
— Entonces deberías hacerle una visita al oculista —dije yo, enfadada. Me dirigí a la facultad de todas formas, tratando de ignorar mi malhumor. No había nadie en la calle. Normalmente, tenía que esquivar a todos los empresarios apresurados y egoístas pero aquel día no había nadie. Sólo nosotros tres atravesando las calles de la ciudad.
En un momento dado, escuché unos pasos apresurados detrás de nosotros y me giré, asustada. Se me habían pasado toda clase de hipótesis por la cabeza. Entre ellas que un león se había escapado del zoo y caminaba a sus anchas por la ciudad buscando comida fresca. O que un loco perturbado llamado Jack el Destripador II se había adueñado de la ciudad y andaba por ahí con un afilado cuchillo buscando a quién destripar. Por supuesto, no había considerado lo descabelladas que sonaban todas y cada una de estas hipótesis por lo que no pude evitar sentir un desmesurado alivio cuando vi a un chico cuya cara se me hacía familiar corriendo hacia nosotros.
Era un chico de mi clase, por eso me sonaba su cara. Si mal no recordaba, se llamaba Eliel.
— ¿También llegáis tarde? —preguntó con voz entrecortada cuando consiguió alcanzarnos. Hugo estaba ocupado con Abril así que yo asentí. Personalmente, no era una persona demasiado sociable. Me había hecho amiga de Daniela casi sin querer. Ella me había hablado de cosas frikis a las que yo no me había podido resistir y había dejado que entrase en mi mundo.
Eliel caminó el resto del trayecto con nosotros. Cuando llegamos a nuestra clase, tocamos a la puerta y nadie respondió. La abrimos lentamente sólo para comprobar que allí no había nadie.

Saqué mi móvil del bolsillo. Le enviaría un Whatsapp a Daniela para asegurarme de que hoy había clase. Mi móvil había muerto. Su pantalla en negro parecía estar riéndose de mí. Los demás se sacaron sus móviles del bolsillo. También sus móviles estaban muertos.
Abrí la boca para decir algo pero volví a cerrarla.
Ya no se me ocurría ninguna explicación lógica para todo lo que estaba pasando. Sólo que aquello fuera una gran broma pesada y era poco probable, tampoco es que me creyese el centro del mundo como para que toda la ciudad se pusiese de acuerdo para gastarme una broma.
No había ninguna explicación.
Ninguna.
Y eso era lo que más miedo me daba.
No aquella clase vacía.
Ni el infernal silencio que invadía el pasillo.
Sino el no saber qué estaba pasando. Ni qué estaría a punto de pasar.

