Yo, Cozy, sentía que estaba olvidando todo lo que había pasado. Sentía que me estaba convirtiendo en una de ellos. Así que necesitaba escribir todo lo que recordaba hasta el momento. Quizás eso ayudase a encontrar una solución algún día aunque, por alguna razón, creo que ya era demasiado tarde para la humanidad. Nos buscamos nuestra propia destrucción y, esta, al fin, llegó.
Miré a mi alrededor. El sótano en el que estaba encerrada era un lugar realmente tétrico. No había luz alguna, yo estaba escribiendo gracias a la pequeña llama que iluminaba mi cara. La llama de aquella vela que había encontrado en una de las cajas que había apiladas en una esquina. Cajas que se deshacían a causa de la humedad. Tenía tanta hambre que no era capaz de pensar tan lucidamente como me gustaría pero no podía comer entonces. Solamente tenía la comida que había en aquel pequeño baúl de madera y tenía que hacer que me durase lo máximo posible.
De todas formas, sospechaba que, eventualmente, iba a dejar de tener hambre de comida. Volví a sentir aquel escozor en la mano, allí donde él me mordió. Tuve que dejar el bolígrafo a un lado por un momento. Era como fuego que empezaba en aquellos dos agujeros que había en el dorso de mi mano y cuyas llamas se extendían por todas mis venas hasta llegar a mi corazón.
No tenía ni idea de cuánto tiempo podría aguantar pero no dejaría de escribir hasta el final. La humanidad necesitaba una última oportunidad aunque no se la mereciese.
Sentí sus pasos acelerados en el piso de arriba. Y los demás arrastrando los pies. A veces, me imaginaba que me encontraban y que sus manos, afiladas y sangrientas, atravesaban la puerta y trataban de agarrarme.

Como decía, todo empezó hace exactamente cuarenta días...