Entró en la clase con paso apresurado, como si algo o alguien le persiguiese. Cerró la puerta rápidamente y caminó hacia el centro de la clase. Llevaba su típica chaqueta de traje combinada con su ya habitual camiseta de Guns N' Roses. Aquellos pantalones de pana color caqui y sus zapatillas de deporte blancas que ya estaban demasiado gastadas. Empezó a caminar de un lado a otro de la clase, con expresión alterada, mientras nos relataba, con voz apasionada, los mecanismos de acción hormonal.
Lo cierto es que a mí, personalmente, este tema me resultaba bastante aburrido y tedioso por lo que ocupé mi atención en dibujar monstruos en mis folios en blanco. Fue entonces cuando el profesor empezó a desvariar, como hacía siempre que tenía oportunidad.
— ¡Y vosotros os lo creéis! —exclamó, obligándome a levantar la mirada del extraño ser que mi bolígrafo azul estaba creando —. ¡Pues claro que os lo creéis! ¡Nunca nadie os ha enseñado a pensar por vosotros mismos! Estáis acostumbrados a que todo el mundo piense por vosotros. Tú —su largo dedo índice me señaló —. ¿Cómo llegaste aquí?
Yo fruncí el ceño preguntándome de qué estaba hablando. Esperaba que no fuese una pregunta de nota. Además, ¿por qué me preguntaba precisamente a mí? Yo nunca respondía en clase. Básicamente, porque siempre tenía miedo de equivocarme. Así que, en aquella ocasión, abrí la boca pero no dije nada esperando que, en realidad, fuese una pregunta retórica que no necesitaba respuesta.
— ¿Esperas que responda yo? —negué levemente con la cabeza sin saber bien qué decir. Sentía la mirada de los demás alumnos fija en mí —. ¿Qué haces aquí si, por lo que veo, tienes alma de artista?
Se sintieron unas risas ahogadas por el fondo que fueron acalladas por la mirada envenenada del profesor. Al principio, pensé que también él se estaba riendo de mí y que el decir aquello en voz alta era una señal de que se enteraba de más de lo que parecía y de que abochornarme delante de otras sesenta personas era su forma de vengarse de mí por no prestarle atención pero después vi que me miraba muy fijamente, con mirada seria. Empecé a ponerme nerviosa pero, esta vez, hablé.
— Yo... quería estudiar Medicina y no conseguí...
— ¿Y por qué querías estudiar Medicina? ¿Por el dinero? ¿Es eso lo que quieres? ¿Dinero? Porque para eso podías ser prostituta —no supe si sentirme ofendida porque realmente estaba muy confundida. En el fondo, volvieron a escucharse risas.
— No, señor, no es por el dinero —dije, con más firmeza de la que sentía —. Simplemente, quería ayudar a los demás.
— ¿Y no pensaste en qué pasaría si ese no fuese el camino? Simplemente, alguien te dijo: "si quieres ayudar a los demás, deberías ser médica; además, podrías vivir bien haciendo lo que te gusta". Ese alguien debieron de ser tus padres, ¿verdad? Porque suelen ser los que nos marcan el camino.
Me quedé en silencio durante un rato pensando que lo que estaba diciendo tenía cierto sentido.
— Pero es el único camino que conocemos.
— ¡Porque no os preocupáis por buscar otro! ¿Qué pasa si ese camino es destruido?
— Encontraremos más caminos —respondí, de inmediato.
— ¿Y si ya es demasiado tarde para cambiar de camino? —su voz sonó tan estremecedora que un escalofrío me recorrió la columna vertebral de arriba abajo. ¿Seguíamos hablando de nuestra vida estudiantil? —. ¿Creéis que el hombre pisó la Luna, verdad? —agradecí que me dejase en paz pero me pregunté qué tendría que ver aquello con el tema anterior. Se escucharon algunos sonidos de afirmación e incluso alguien se atrevió a decir que había pruebas gráficas de ello —. Creéis todo lo que os dicen porque os educaron para ello. Os educaron para creer que el ser humano es la especie superior. Nosotros somos los reyes del universo, por eso podemos llegar a la Luna. ¿Pero qué pasa si hay algo mucho mayor que el ser humano ahí fuera? ¿Qué pasa si ese algo puede destruirnos con sólo una mirada?
— Señor, con todos los respectos, no creo que los extraterrestres existan —una chica de chillón pelo rojo tomó la palabra.
— No cree que existan porque todo el mundo le ha dicho que no existen. ¿Y si desde pequeña le dijesen que siempre estuvieron ahí? ¿Creería en ellos, entonces?
— No lo creo. Seguiría creyendo que no existen. Sólo creo en lo que veo, señor.
— Ah, entiendo. Necesita pruebas. ¿Y si hubiese pruebas pero usted no pudiese verlas? ¿Si esas pruebas le pasasen desapercibidas porque está demasiado ocupada mirándose a sí misma?

La chica pelirroja cerró la boca. Su pregunta quedó flotando en el aire hasta que él dirigió su mirada al reloj que había sobre el encerado y dio por concluida la clase.
— Nos veremos mañana —se despidió —. Si tienen suerte —yo me quedé mirando cómo se marchaba mientras la clase estallaba en sonoras carcajadas.
— Está totalmente loco —comentó Daniela, a mi lado. Hugo se rió.
— Creer en extraterrestres... —murmuró —. Sólo le falta predecir una Apocalipsis zombi o una invasión de cuervos, tipo película de Hitchcock.
— ¿Y si tiene razón? —susurré, casi sin querer. Daniela me miró escépticamente.
— ¿Estás de coña?
— Solamente digo que... no sabemos si hay algo más ahí fuera. Nos da miedo pensarlo porque, como él dijo, nos creemos lo más, ¿sabes? Y no podemos verles. Pero, ¿y si están ahí y ellos sí pueden vernos a nosotros? ¿Y si hay más vida inteligente a parte de la nuestra?
— A la mierda, yo me largo. Tanta locura me está poniendo enfermo —concluyó Hugo levantándose y caminando hacia la puerta. Yo puse los ojos en blanco y me apresuré a recoger mis cosas. Me despedí de Daniela y seguí a Hugo. Me posicioné a su lado y caminamos hacia nuestro piso en silencio.
— ¿Por qué la gente camina tan deprisa hoy? —pregunté, después de ser atropellada por un hombre que hablaba en gorgoteos a través de su iPhone.
— La gente siempre camina así, Cozy.
Dijo él, con calma.
— Es el mundo moderno.
Añadió.